Cómo afrontar la vuelta al trabajo después de las vacaciones

El nivel de estrés no necesariamente aumenta a la vuelta de las vacaciones, pero lo cierto es que nos sometemos a un cambio y, aunque el trabajo en casi todas las situaciones nos es de sobra conocido (desde nuestra percepción subjetiva del tiempo durante las vacaciones dejamos nuestro puesto ayer, aunque hayan pasado 15 o 30 días), no deja de ser totalmente diferente a lo que vivimos en época de asueto, ya que dejamos atrás nuestra ocupación laboral y todo lo que conlleva, es decir, la relaciones con jefes, compañeros, atascos, el itinerario diario, el horario… para pasar, en general, a la inactividad de los días de descanso.

Como todo cambio, el organismo tiene que prepararse para afrontarlo y posteriormente adaptarse a él. El afrontamiento conlleva a un mayor nivel de activación de todas las variables, que se pueden traducir en inquietud, mayor cansancio que el habitual, alteraciones en el ritmo del sueño… y algún que otro enfado al pensar que falta un año para un nuevo descanso.

El estrés tampoco tiene edad, y los más pequeños también tienen que afrontar el cambio. Para los niños, el periodo vacacional, en general, es más largo y la capacidad para desconectar del colegio, si no han tenido que estudiar durante el verano, es mucho mayor, por tanto, la vuelta a levantarse temprano, aguantar las charlas de los profesores, pasar tantas horas en el colegio con el cumplimiento de las normas, estudiar diariamente, acostarse más temprano con lo poco que les gusta… no es tan fácil.

Pero esto, no necesariamente es estrés, el estrés y sus consecuencias aparecen cuando el individuo no responde adecuadamente a las demandas del medio por carecer de estrategias o más bien desconocerlas, para afrontar adecuadamente las situaciones.

El estilo de vida de una persona, su profesión, ocio, relaciones, sus características psicológicas, su forma de pensar, etc., darán lugar a la aparición de distintas situaciones estresantes, que lo serán en mayor o menor grado en función de la interpretación que se haga de ellas. Si se perciben como amenazantes, aversivas o desagradables, nos alterarán y darán lugar a las respuestas de estrés.
 

Las fuentes del estrés

Existen diferentes fuentes de estrés:

  • Sucesos vitales extraordinarios en el que el estrés es el resultado de los cambios importantes en la vida tales como despidos, accidentes, rupturas… El afrontamiento adecuado, en general, nos exige un gran trabajo psicológico para la adaptación y casi inevitablemente aparecen respuestas de estrés. Si estos cambios son continuos el organismo encuentra dificultades de recuperación y aparecen las consecuencias negativas.
  • Sin embargo, otra posible fuente son los sucesos diarios de menor intensidad que pueden ser verdaderos generadores de estrés y producir más efectos negativos tanto psicológicos como biológicos. Son momentos del día que vivimos llenos de irritabilidad y frustración, con desagrado y nos referimos a los atascos, las prisas, el jefe… o la vuelta al trabajo, si ésta va seguida de todo lo anterior.

Algunos efectos negativos de una activación reiterada producida por las respuestas de estrés serian:

  • A nivel fisiológico: aumento de la tasa cardiaca, de la presión arterial, del ritmo respiratorio, de la sudoración, de la tensión muscular…
  • A nivel cognitivo: preocupaciones, incapacidad para tomar decisiones, confusión, dificultad de concentración, sentimiento de falta de control, bloqueos mentales, irritabilidad, olvidos, desorientación…
  • A nivel motor: tartamudeo, temblor, voz entrecortada, consumo de drogas legales (tabaco, alcohol), aumento o disminución de la ingesta…

Como consecuencias más graves: dolor de cabeza, cuello, espalda, problemas intestinales, trastornos cardiovasculares, depresión…

Como ya hemos comentado, la vuelta al trabajo no tiene por qué ser una situación estresante ni en sí misma, necesariamente mala y que conlleve efectos negativos, solo cuando las respuestas son muy intensas y duraderas puede llegar a producir trastorno en el organismo, pero en general, tras el paso de más o menos una semana, ya nos hemos adaptado al ritmo cotidiano. El problema es que esto que hemos llamado adaptación al ritmo conlleva estrés el resto de los once meses del año si se desencadenan problemas más serios, pero no por el afrontamiento a este periodo, si no por el no adecuado afrontamiento a los estresores de la vida cotidiana.
 

Consejos para incorporarse al trabajo

Como indicaciones prácticas y muy generales conviene:

  • Si sales de tu ciudad de residencia, no apures hasta el último momento y procura llegar uno o dos días antes de comenzar a trabajar.
  • No cambies el horario de comidas y sueño de la noche a la mañana, ves adaptándolo progresivamente, y sobre todo el último día no te levantes muy tarde ya que al acostarte pronto no podrás dormir ni bien ni lo suficiente.
  • Programa tus actividades, darle un orden de prioridad después de informarte detalladamente de tus próximas tareas, ponte objetivos que puedas alcanzar y no mezcles las tareas haciendo varias cosas a la vez. No quieras hacer todo y ya, date tiempo y un respiro hay un año por delante.
  • Tómate las cosas con calma y, sobre todo, REFLEXIONA antes de actuar.
  • Maneja bien tu atención y ponla enteramente en lo que estás haciendo.
  • Tómate un respiro de vez en cuando, es decir, para, respira y oxigena; dura un minuto pero es muy eficaz. Aprende a relajarte.
  • No alargues la jornada laboral más de lo necesario, a veces es imprescindible, pero otras nos dejamos llevar y no nos permitimos descansar lo suficiente.
  • Haz ejercicio físico, no mucho, pero algo. Dedica tiempo a tu ocio.
  • No hagas interpretaciones negativas, magnificando los aspectos menos agradables de la vuelta.
  • Diferencia entre grandes y pequeños problemas, no hagas un mundo de cosas pequeñas.
  • La mejor manera de desconectar de los problemas cotidianos es centrar la atención en las actividades programadas que nos son gratificantes. El “no hacer nada” es lo menos aconsejable.

 

Fotografía de: Tomas Salas