Las fobias, ¿en qué consisten y cómo tratarlas?

Las fobias son un miedo intenso y persistente ante situaciones u objetos que objetivamente no son peligrosos o amenazantes. Es una reacción emocional completamente desproporcionada respecto a la situación real y si la persona se expone a ello le provoca inmediatamente una respuesta de ansiedad. Estas reacciones no pueden explicarse ni razonarse, no se encuentran bajo el control voluntario y el individuo afectado reconoce el temor excesivo e irracional. En ocasiones, la anticipación de la aparición de estas situaciones, o pensar sobre ellas, desencadena similares respuestas de miedo, temor y ansiedad, por lo que tienden a evitarse.

Las fobias son muy frecuentes en la población general y están relacionadas con muy diversas situaciones, pero solo son clínicamente significativas cuando interfieren en la calidad de vida del individuo, en sus actividades cotidianas, en sus relaciones sociales o laborales o si le provoca un gran malestar.

Suelen tener una edad de comienzo variable, las relacionadas con la sangre y los animales comienzan en general en la infancia. Los temores son muy comunes en los niños, suelen desaparecer con la edad y solo se contemplan clínicamente si generan en el niño un malestar importante o le impiden realizar actividades propias de la edad.

Las fobias específicas suelen generar más una molestia que una incapacidad, pueden remitir espontáneamente sin tratamiento con el transcurso del tiempo en niños y adolescentes (a excepción de la fobia escolar) pero las del adulto tienden más a cronificarse.

Lo que diferencia a una fobia de otra son las situaciones que provocan la ansiedad y en todas se ponen en marcha el mecanismo de evitación.

Temores irracionales o fobias más comunes

  • Animales: pájaros, gatos, perros, insectos.
  • Situaciones externas: altura, oscuridad, fenómenos atmosféricos.
  • Interacción social: “fobia social”.
  • Aviones.
  • Conducción.
  • Atragantarse.
  • Ascensores.
  • Sangre, inyecciones, etc.

Las fobias específicas son focales, no generalizadas, causadas por estímulos concretos y la experimentación del miedo y las conductas de evitación están limitadas a estos estímulos o situaciones.

La fobia social

Por ejemplo,  la fobia social se caracteriza esencialmente por el miedo persistente y acusado a situaciones sociales o actuaciones en público. Cuando el individuo se ve expuesto a personas que no pertenecen a su ámbito familiar teme actuar de un modo humillante o embarazoso, provocándole una respuesta de ansiedad. Esta respuesta de ansiedad hace que la mayoría de las situaciones públicas acaben convirtiéndose en un suplicio, si no pueden evitarlo.

Generalmente, la persona que sufre el problema anticipa negativamente la situación y cómo se va a desarrollar mucho antes de afrontarla, generándole ansiedad anticipatoria. Una vez ya en la situación temida, si no la evita antes, se produce un rendimiento insatisfactorio real o subjetivo que genera más miedo y más ansiedad anticipatoria en sucesivas ocasiones, produciéndose un círculo vicioso y la creencia de que es imposible hacer frente con éxito a esas situaciones.

Se considera un trastorno solo en los casos en los que la evitación, el temor y la sintomatología de ansiedad interfieren marcadamente con la vida diaria del individuo.

Este problema hay que diferenciarlo de temores a situaciones embarazosas de la vida en general, donde la respuesta fisiológica y conductual no son suficientemente intensas y la evitación no es la respuesta de elección.

 

En definitiva, el tratamiento más eficaz para todas las fobias en general es la exposición en vivo gradual o brusca a los estímulos fóbicos, impidiendo la evitación o la huída. De este modo, la huida o evitación deja de ser una señal de seguridad y de reducción de ansiedad y se ponen en marcha los mecanismos de habituación, extinción y cambio de expectativa que llegan a resolver la fobia.

 

Fotografía de: Ayo Ogunseinde