¿Influye nuestra autoestima en la de nuestros hijos adolescentes?

Si pudiésemos hacer un mapa “emocional-meteorológico” de nuestro país (y de otros muchos), esta época del año es especialmente convulsa e inestable por toda nuestra geografía. Tormentas de disgustos y bonanza de alegrías provocadas por los boletines de notas que traen a casa nuestros hijos. No vamos a hacer en esta entrada un análisis sobre el fracaso escolar y sus motivos. Sería demasiado amplio y seguramente lo abordaremos en próximos artículos. Vamos a detenernos en un concepto fundamental, la autoestima, que influye tanto en el rendimiento escolar de niños y adolescentes, como en nuestro desarrollo personal en general, independientemente de que desempeñemos el rol de padres o el de hijos.

Todos conocemos esa frase que dice: “los niños son una esponja”. Cuando somos niños, nuestros padres son casi nuestros únicos referentes en eso de “descubrir el mundo que nos rodea”, que no es poca cosa. Pero durante esa difusa y complicadísima etapa que media entre la infancia y la madurez, que llamamos adolescencia, el tema se complica. Es cuando empezamos a socializar, digamos, más en serio, cuando surgen amistades e incluso amores que pueden durar toda la vida. Nuestros referentes se multiplican y procesarlos racional y emocionalmente es una ardua tarea.

Construir lo que en principio podríamos denominar como ese “espejo interior” que es la autoestima ya no está casi totalmente en nuestras manos como padres, existen muchas otras influencias. En esta entrada nos centraremos en qué papel puede jugar nuestra propia autoestima en esa tarea. Pero primero, definamos más concretamente qué es la autoestima.

¿Qué es la autoestima?

La autoestima es el concepto y la imagen que tenemos de nosotros mismos, lo que pensamos que somos y cómo somos. Es el valor que le damos a nuestro conocimiento, ideas, creencias, intelecto, capacidades, recursos, aspecto físico, etc. A partir del auto concepto determinamos cómo nos sentimos, cómo actuamos y nuestro valor como ser humano. La autoestima, ni más ni menos, es la base de nuestra salud mental.

Una persona con adecuada autoestima tiene una visión realista sobre sí mismo y sus posibilidades, es benevolente consigo mismo, no se autocritica excesivamente, es tolerante con sus errores y aprende de ellos, se acepta como es y se siente digno de ser aceptado por los otros sin que le preocupe la desaprobación. Se siente seguro y equilibrado, muestra sentimientos y emociones con libertad, no se cree peor ni mejor que nadie, se comunica con eficacia e iniciativa y asume sus responsabilidades

Las personas con baja autoestima se perciben de forma distorsionada. Su “espejo interior” está deformado, de manera que magnifica sus debilidades y minimiza sus recursos. Tienen una imagen errónea de sí mismos, tanto de su aspecto físico, como de su valía personal. Piensan negativamente, desconfían de sus capacidades, tienen dificultad para tomar decisiones por miedo a equivocarse. Sienten miedo a ser rechazados o abandonados y dependen afectivamente de los demás por su sentimiento de inferioridad. Con frecuencia se sienten frustrados y desmotivados. Se comparan con los demás, se fijan estándares de perfección, contemplan los fracasos, pero no los logros, aumentando su propia desconfianza.

Utilizar libros de autoayuda o hacer una psicoterapia pueden ayudar a las personas a conseguir un cambio y ser más feliz aceptándose como son; actuando y aprendiendo de los errores; no haciendo mucho caso a la excesiva autocrítica y no comparándose con los demás.

En definitiva, tú eres un ser valioso y único, puedes asumir tus responsabilidades, expresar tus sentimientos y disfrutar de todo lo bueno que eres, que tienes y que te rodea.

Una autoestima positiva proporciona al adolescente el conocimiento sobre sí mismo, necesario para tomar decisiones y superar los obstáculos que se irá encontrando a lo largo de su vida.

La influencia de los padres es decisiva

Para ello, como en todo sistema de aprendizaje, se necesita practicar enfrentándose a los problemas. En el caso del adolescente, su entorno inmediato decide por él, barrera que le impide enfrentarse adecuadamente y tomar sus propias decisiones. Entonces, ¿Cómo se puede tener la experiencia necesaria para llegar a ser uno mismo y valorarse adecuadamente?

Pues bien, la influencia de los padres es decisiva, una correcta labor consistiría en enseñar a nuestros hijos a ser asertivos, es decir, a que conozcan sus derechos, sus limitaciones, sus metas, que sepan decir “NO”, pedir lo que quieran, controlar su ansiedad, defenderse y, sobre todo, gustarse. Con este entrenamiento el adolescente podrá enfrentarse a sus problemas y resolverlos con éxito.

Es muy importante saber valorar y potenciar las cualidades o avances que tenga el adolescente, así como dar alternativas para mejorar los aspectos más deficientes, evitando planteamientos negativos e irracionales.

Si los padres tienen una autoestima negativa de sí mismos, en general se dedicarán a criticar repetidamente los comportamientos, actitudes, defectos o errores de sus hijos, haciéndoles ver solo sus aspectos negativos y por el contrario se olvidarán de potenciar y reforzar todas las buenas cualidades que seguro tienen. Como consecuencia el niño valorará más sus carencias que sus virtudes, creándose en él una autoestima negativa.

 

Fotografía de: averie woodard